
La Leyenda de Néderon
de Jochewi
Se sentía estúpido. Se sentía estúpido y estaba enfadado, con su esposa y consigo mismo. Embarcarse en aquella expedición había sido una estupidez, pero a Vicky se le había metido entre ceja y ceja. No tenía que haberla escuchado.
–Al menos moriremos los dos juntos, como esposo y esposa –le dijo.
Daniel se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y se tironeó de la trenza pelirroja para tratar de tranquilizarse.
–¿Sabes, Daniel? Eres muy melodramático –le respondió Vicky haciendo una mueca. Se había puesto una túnica blanca al estilo de las tyteras y llevaba el cabello negro recogido en una cola que le ondeaba al viento. Daniel encaró a su esposa.
–No, cariño. Lo que soy es realista. Vamos a morir en este barco, en el culo del mundo, solo porque ese hombre nos ha prometido que seremos ricos cuando lleguemos a un lugar que lo más probable es que ni siquiera exista.
–¿Crees que el almirante Fabio habría organizado esta expedición si no estuviera seguro de que la leyenda es cierta?
Pero Daniel estaba convencido de que jamás encontrarían esa dichosa tierra de los cuentos de marineros borrachos y que el almirante los dirigía rumbo a la muerte. Cualquiera con dos dedos de frente sabía que más allá del cinturón de Atlas no había más que mar, pero aún así había dejado engatusar por su mujer y lo había arriesgado todo enrolándose en aquella expedición sin sentido. No podía haber sido más estúpido.
–Abre los ojos, Vicky. Dijo que tardaríamos tres días en llegar a Néderon, ya han pasado diez. Tendría que haber aceptado el hecho de que la leyenda no es más que un cuento y en lugar de eso nos lleva a todos a la tumba.
La Soñadora y la Esperanza ya habían navegado durante diez días tras cruzar el cinturón de Atlas pero aún no habían avistado tierra. A partir del cuarto día, cuando se produjo el motín en la Soñadora, las probabilidades de regresar a Las Fortunas se habían vuelto extremadamente bajas. Aunque la Soñadora hubiese dado media vuelta en ese preciso momento ya no quedarían provisiones suficientes para abastecer a toda la tripulación durante el viaje de regreso. Daniel lo sabía porque había logrado husmear en la bodega después de que empezaran a reducir las raciones. Y Daniel no era tan tonto como para no darse cuenta de lo que aquello suponía: pronto empezarían a pasar hambre.
–Dijo tres días si los vientos eran favorables, está claro que no lo han sido…
–Teníamos que haber aceptado cuando Oliver nos invitó a unirnos al motín –masculló–. Ahora estaríamos en casa; haciendo bebés, y no tostándonos al sol; rumbo a morir de hambre o ser devorados por un monstruo marino.
–¿Es que tu cabeza de alcornoque ha olvidado cómo acabó su motín? –siseó Vicky–.
–No lo he olvidado, pero si nos hubiésemos puesto de su parte… –Vicky hizo pinza con el indice y el pulgar y le estrujó los labios.
–Mi marido quiere ser un pez. Pues me haría muy feliz si saltase por la borda y se fuese nadando a Las Fortunas.
Daniel apartó la cara exasperado.
–Da gracias a que los dioses me dieron una paciencia infinita, mujer. Te diré algo…
–¿Que te dan miedo los monstruos marinos? –le interrumpió Vicky.
–¡Tierra a la vista! –gritó la mujer rubia que estaba en lo alto de la gavia. Daniel olvidó por completo lo que iba a decirle a su esposa, las palabras de la gaviera le rebotaron en la cabeza hasta que cobraron sentido.
–Tierra a la vista. ¿Es posible, cariño? –le dijo a Vicky, mirándola desconcertado–. ¿Entonces ese malnacido tenía razón? –Rió–. ¿Néderon existe?
–Te dije que podíamos confiar en el almirante Fabio –le respondió su esposa, aburrida, apartándose el fleco negro que le tapaba un ojo.
Daniel le agarró las manos rebosante de alegría. –¡Vamos!– Tiró de Vicky entre carcajadas.
Aunque la expectativa de pisar tierra firme le había devuelto los ánimos; necesitaba verlo con sus propios ojos. Puede que la gaviera se hubiera pasado con el aguafuego o que el sol le hubiera freído los sesos; y que solo estuviera alucinando.
La euforia no tardó en propagarse entre la tripulación de la Soñadora. –¡Tierra a la vista! –repetían los marineros y marineras. Daniel subió con su esposa al castillo de proa, desesperado por avistar tierra.
–Como no me sueltes ya la mano te voy a dar tal patada en el culo que te dolerá la cabeza.
Daniel hizo caso a la recomendación de Vicky y contempló con incredulidad lo que tenía ante si. Cubierta por una ligera niebla, una tierra dorada y ocre emergía del mar extendiéndose, casi infinita, hasta donde alcanzaba la vista.
Néderon, una leyenda hecha realidad.
Todo el mundo en la Soñadora se había contagiado de una alegría desmesurada. El capitán Benamer se subió a la barandilla del castillo de popa y pronunció unas palabras. Daniel apenas les prestó atención, tan solo se quedó con la última palabra: aguafuego. Los gritos de celebración inundaron la cubierta de la nave. Estaban ante un hecho insólito. Siempre se había dicho que más allá del cinturón de Atlas solo había un mar infinito. Y allí estaban ellos, un grupo de idiotas y majaderos en dos cáscaras de nuez, persiguiendo una leyenda a miles de kilómetros de Las Fortunas. Y la leyenda había resultado ser cierta, aunque solo parcialmente.
Aquella no resultó ser la fantástica tierra que prometían las historias. No había piedras preciosas en su superficie, ni menas de oro o plata, ni ríos de leche; no había frutales por ninguna parte y tampoco hortalizas o setas; solo un inmenso mar de barro, arena, polvo y poco más.
La expedición no tardó en flaquear de nuevo cuando hubo que montar el campamento en aquel lugar alejado de la mano de los dioses, Daniel entre los primeros. Habían descubierto un nuevo mundo solo para pudrirse en él. Hasta al propio almirante se le empezó a ver las costuras después de que regresaran varias de las partidas que había enviado a reconocer el terreno. Allí no había nada de valor ni que echarse a la boca.
Las provisiones no tardaron en agotarse. Una semana en aquel nuevo mundo y todos se encontraban débiles y malnutridos. Algunos empezaron a comerse sus zapatos.
El grumete Jon del Esperanza, que ya se había comido los suyos, estaba tan desesperado que se comió un bicho rarísimo de color grisáceo. Enfermó de tal manera que la piel se le pudrió y se volvió loco. Un día empezó a gruñir y se abalanzó sobre una de las marineras, y la mordió. Un tal Guize, que era el prometido de la chica, se lió a puñetazos con él y también se llevó un mordisco.
Al final Guize mató a Jon de una pedrada en la cabeza, pero unos días más tarde tanto Guize como la chica enfermaron igual que el grumete y hubo que sacrificarlos.
El almirante Fabio siguió enviando partidas de reconocimiento, cada vez más lejos. Algunas nunca regresaron y las que lo hacían solo hallaban más de lo mismo: arena, barro, hierbajos y alimañas inmundas.
En una de las ocasiones le tocó a Daniel y a su esposa formar partida junto a otros dos más. Marcharon hacia el noreste, en la misma dirección que una de las partidas que no había regresado.
Caminaron durante dos días y dos noches, hacia lo que Daniel pensaba que serían sus tumbas. Aunque al menos tenía un cuero duro que masticar y estaba en buena compañía. Pedro y Pablo era un dúo peculiar. Eran maxoraníes, de buena cuna. Estaban todo el tiempo haciendo chistes, como si no les importase en absoluto la situación. A Daniel le hubiera gustado tener la mitad de optimismo, o de insensatez. Además, al contrario que muchos otros miembros de la tripulación de la Soñadora, no parecían tener ningún interés en Vicky; lo cual era de agradecer.
El tercer día de viaje Daniel se había acabado el trozo de cuero duro. Las dunas de arena por las que avanzaba el grupo eran cada vez más grandes, hasta que alcanzaron el tamaño de montañas. A Daniel apenas le quedaban fuerzas, al subir la siguiente duna esperaba encontrar su tumba, pero lo que divisó a lo lejos no fue esta, si no un gran oasis de agua cristalina y abundante vegetación. Debía estar alucinando. Tuvo que preguntarle a su mujer si veía lo mismo que él.
–¿Es agua dulce? –le preguntó ella.
El grupo entero prorrumpió en carcajadas. Bajaron la duna dando gritos de alegría. Daniel tropezó y rodó por la pendiente un par de metros. Se puso en pie torpemente, sin parar de reír. Estaba cubierto de arena, pero no le importó. Siguió avanzando duna abajo.
Cuando llegaron a la enorme masa de agua, Daniel pudo ver que algunos arbustos tenían lo que parecían ser pequeños frutos de color negro o verde, pero ni siquiera Pablo y Pedro se atrevieron a probarlos después de lo de Jon.
Sin embargo, todos tenían demasiada sed como para no arriesgarse a probar el agua. Estaba tibia y tenía sabor a tierra. Daniel llenó el pellejo que llevaba en el cinto y le dio un largo trago, luego lo llenó una vez más y se lo pasó a su esposa.
–Seguro que el almirante Fabio querrá trasladar el campamento aquí –le dijo Vicky, después de dar un trago al pellejo. Daniel arqueó una ceja.
–¿Qué es lo que te traes con ese almirante, eh? –quiso saber.
Vicky le estampó el pellejo en el pecho y un chorro de agua los salpicó a los dos. –¿De qué mierdas estás hablando? – le respondió, irritada. Se le habían dilatado los agujeros de la nariz, pero Daniel ya no podía callárselo más.
–No paras de decir cosas así, como si estuvieras en su cabeza. Y siempre que digo algo malo de él lo defiendes. ¿Acaso estás coladita por él?
–Eres imbécil –respondió Vicky secamente. Se dio media vuelta y se alejó andando.
–¿A dónde vas?
–¡Al campamento, a informar al almirante! ¡Y puede que a follármelo! –le gritó airada.
Pablo y Pedro tuvieron la cortesía de no hacer ningún chiste sobre eso durante todo el viaje de regreso.
Cuando llegaron al campamento se encontraron con que todo estaba patas arriba. Muchas tiendas estaban destartaladas, con las lonas rasgadas, y por todas partes habían barriles y cajas hechos pedazos, manchurrones de sangre e incluso partes de algunos miembros de la expedición.
El hombre y la mujer que los vieron llegar les informaron de lo ocurrido: una criatura enorme los había atacado durante la noche.
–Los idiotas que estaban de guardia se habían quedado dormidos –dijo el hombre después de lanzar un escupitajo al suelo–. Nos pilló a todos por sorpresa.
La bestia había matado a ocho marineros, incluido el capitán de la Esperanza, y muchos otros habían resultado heridos o mutilados.
–No estoy seguro de si ese brazo es suyo o del que está al lado –dijo Pablo, señalando a dos hombres que habían perdido casualmente el mismo brazo.
El responsable de semejante carnicería no había ido muy lejos, un rastro de sangre llevaba hasta su cadáver. Sus nueve metros de longitud desde el morro hasta la punta de la cola reposaban junto a la orilla de la playa con lanzas clavadas por todas partes. Parecía un garraterrible sin alas, desproporcionado y sin plumas en la cola. Tenía un cuello fibroso y una cabeza enorme con dientes del tamaño de una mano humana. Su cuerpo en forma de tambor estaba cubierto de un fino plumaje o de escamas en las que se dibujaba un patrón de colores pardo y rojizo. Sus extremidades delanteras eran diminutas en comparación con lo demás, pero aún así eran enormes, con un par de dedos en cada mano, provistos de garras afiladas.
–No me hubiera gustado estar aquí anoche –comentó Daniel, intranquilo–. ¿Hay más como este por ahí?
–Si hay uno debe haber más –dedujo Pablo–.
–Que hayamos visto, solo ella –respondió la marinera.
–¿Ella? –pregunto Vicky escudriñando a la bestia–. ¿Era una chica?
–Eso es lo que cree la mayoría –le contestó la mujer–. El último grupo que fue al sur encontró un nido con unos huevos enormes. Se comieron algunos y cargaron con el resto hasta el campamento… La tripulación cree que fue ella la que puso los huevos.
–¿Y dónde está nuestro querido almirante? –preguntó Daniel–. Deberíamos informarle de nuestro regreso. Le alegrará saber que hemos encontrado agua dulce.
–Estará descansando. La bestia lo arrolló y por poco no lo cuenta. Tuvieron que trasladarlo a la Esperanza. El cirujano dice que se ha roto unos cuantos huesos. El capitán Benamer ha asumido el mando.
Daniel miró a Vicky de reojo para ver su reacción. No le sorprendió ver su cara desencajada al enterarse de que su querido almirante había resultado herido.
Pedro se frotó las manos. –Así que tenemos carne fresca y agua dulce. ¿Quién va encendiendo el fuego?
–Para ti el agua dulce –dijo Pablo–. A mí dame el aguafuego que se guarda el almirante en su camarote.
Los días siguientes las tripulaciones de la Soñadora y la Esperanza, o más bien lo que quedaba de ellas, hicieron lo poco que podían por sobrevivir. El contramaestre Benamer puso en marcha los preparativos para regresar a Las Fortunas. Envió una partida más grande al noreste a recoger agua en abundancia y ordenó que se troceara a la bestia y se llenara la bodega de su carne en salazón. Nadie se atrevía a dormir en tierra firme, así que un reguero de botes iba y venía durante las mañanas.
Cuando por fin el capitán Benamer ordenó a la expedición que partiera no habían marineros suficientes para tripular las dos naves, así que ordenó a todos subir a bordo de la Esperanza.
La Soñadora quedó allí, abandonada a orillas de aquella tierra extraña, junto con todo lo que no servía.
El almirante Fabio sobrevivió a su encuentro con la bestia, pero nunca volvería a andar. El malnacido no merecía menos. Daniel y Vicky, al igual que muchos otros de los que sobrevivieron a la expedición, jamás vieron ni un gramo de todo el oro que les prometió.